Los tíos que se marcharon, I: Aniversario

Atardecer sobre la isla de Manhattan y el Río del Este
(miércoles, 26 de julio de 2006)
Durante el mes de mayo, estuve en la República
Dominicana. Se conmemoraba el tercer aniversario de la muerte del hijo menor de
mi abuela materna –si no digo “tío” es porque éramos casi de la misma edad y,
hasta muy avanzados en la adolescencia, vivimos juntos, por lo tanto siempre lo
veía como un hermano—, así que me aseguré de participar de los rituales y
homenajes que se les rinden a los muertos, en la parte norte del país, cada
aniversario, por siete años. (Para ciertas culturas, hablar de aniversario de la
muerte de un ser querido es casi una aberración; pero, para otras, los muertos
sólo se nos adelantan, y nos están esperando en el otro lado).
Después de la misa en la iglesia y los “rosarios” que se rezaron en la casa, era
tiempo de llevar las flores a la tumba del difunto. En ese momento, el único
hijo que le queda a nuestra abuela, llegó del cementerio. Estaba triste, y
parecía estar derrotado.
El día que trasladaron el cuerpo de mi tío de Estados Unidos a la República
Dominicana, lo enteraron en un nicho prestado (es de un ecuatoriano, que está
casado con una prima de la familia). Mi tío, el único hijo que le queda a mi
abuela, con la participación de las demás hermanas, construyó un panteón muy
moderno para la familia: era su intención desenterrar los huesos de otro hermano
que murió trágicamente, en 1972, y moverlo a una “huesera” que tiene el
mausoleo; y sacar el otro hermano del nicho prestado y moverlo a uno de los
espacios del monumento. Tanto para lo primero como para lo segundo encontró
oposición: en el primer caso, por razones obvias; en el segundo, porque después
de la muerte de mi tío, murió uno de sus primos (de hecho, hermano de la esposa
del ecuatoriano que construyó el nicho), y lo enterraron precisamente en el
espacio que estaba encima del que ocupaba mi tío. Toda la familia vio en esto
una justicia poética: desde que mi tío llegó a los Estados Unidos hace más de
veinte años, ese otro primo fue uno de sus mejores amigos.
Mi tío acató las recomendaciones sobre lo primero, pero se impuso en lo segundo.
Pero ese día cuando rompió la entrada del espacio donde enterraron a su hermano
menor, se encontró que estaba inundado de agua –un agua sucia, oxidada, que
hedía a madera y carne podridas. Alguien sugirió que probablemente se llenó de
agua durante la riada del pasado mes de octubre cuando el río El Valle
enloqueció y se llevó arrastró seis personas entre sus aguas.
Cuando mi tío intentó mover lo que una vez fue un ataúd, se encontró con otra
sorpresa: él solo ni siquiera podía moverla. La caja estaba llena de agua. Pero
persistió: con un pico, le abrió tres agujeros al ataúd, de donde salió más agua
sucia y oxidada, y con la ayuda de seis hombres, lograron sacar la caja. La
llevaron al panteón, y se encontraron con otra sorpresa: era imposible subirla
al primer espacio, desde arriba, en el extremo derecho, que le habían preparado.
Terminaron poniendo el ataúd en el primer espacio, desde abajo: casi a nivel de
la tierra.
Eso fue, entonces, lo que trastornó al único hijo que le queda a mi abuela. Con
él bajé al cementerio esa tarde, y verifiqué su historia. Cuando llegaron las
mujeres con las flores, empezaron las lamentaciones. No sólo por mi tío, muerto
a destiempo, cuando ni siquiera tenía cuarenta años, sino por todos aquellos
muertos enterrados en la tierra y, sobre todo, por todos aquellos que sus
familiares protegieron en nichos modernos, de cemento y mármol.
Es una pena que los muertos no tengan permiso, siquiera en sueños, para
hablarles a los vivos, les comenté, ocultando mi tristeza y desolación. De
poderlo hacer, añadí, la comunidad soñaría todas las noches con sus muertos,
flotando en agua sucia, hedionda y oxidada, pidiendo por un lugar seco para
esperar por los que algún día se les unirán en el otro lado.
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