Es suficiente

Viernes, 2 de septiembre 2005Ramón Paredes

 



         Antes de abrir la puerta de madera, Aniceto pensó en cuál de las dos pies pondría primero para entrar al pasillo que lo llevaría a la casa grande, colonial, pintada de un color blanco y casi amarillento. No tardó en decidirlo y cuando lo hizo, olvidó cuál pie había usado. Entonces se preguntó por qué entraría a la casa.
          En el centro de la galería circular estaba su tío Ciriaco, meciéndose en una mecedora de almohadas, sin camisa y con una camisilla rota en la espalda, manchada de sudor de caballos, y su hija Natacha le estaba peinando, llevando el pelo con maestría por su cabeza.
          Ayer, ni siquiera la noche estuvo tranquila. A las seis, los pájaros y las hojas de los árboles empezaron a presentir el invierno y a confundirse en el olor de la lluvia y en el vaho de las ciruelas. “Ya volvió el invierno”, se había dicho. Pero no era cierto. El invierno empezó con el calor, con la escasez de agua y con el enterramiento de los muertos. Las noches eran oscuras, y el camino hedía a ciruelas podridas y a casa de marineros sin esposas. Era aún diciembre de sueños irreales y terribles.
          La señorita Natacha era tímida, de cuerpo estrecho y no hablaba con nadie. Algunos decían que cuando comía dejaba caer la mitad de la comida del plato para alimentar a los pájaros que volaban sobre la casa durante la madrugada; que de noche salía por el patio, corriendo desnuda. Su padre, el tío Ciriaco, era grueso, de rostro duro y de mirada corta y cortante. Vivían a la salida de Vedruña, y tenían una hacienda de naranjos dulces y una cría de caballos blancos. Cuando se llegaba a Vedruña, realmente, se tenía la clara impresión de un pueblo perdido en los caballos y los naranjos. En la tarde, mientras la hija le sacaba las caspas y le peinaba después de la siesta, el viejo contemplaba el pueblo en la distancia y se quejaba del calor y del aire. “Parece como si el agua no existiera”, decía entre sueños, tomando las manos de su hija, contando sus dedos y limpiando sus uñas. “Sólo los caballos pueden vivir con este calor y este vaho a ciruelas”. Casi era cierto. Sólo una brisa lenta, seca y sin color movía la tarde. “Un día, tal vez”, se decía Aniceto, contemplando las fincas del viejo que cruzaban toda Vedruña, repletas de árboles de naranjas, “morirán los caballos y la propia Natacha, y hasta quizás el tío Ciriaco. Pero ese naranjal siempre estará vivo”.
          Recordó entonces por qué había ido a la casa. Fue a pedir naranjas. Desde cuatro meses atrás, las pocas personas que habían sobrevivido en Vedruña se calmaban la sed con naranjas, sustituyendo el agua. Sentía la sed ahora en el pecho. Era áspera, insoportable y sofocante. Era suficiente. Casi seis meses sin tomar agua. Y ese calor. Levantó los ojos, sin pestañear, y miró la casa. “Mamá haría esto”, dijo sin pensarlo.
          Su madre se había ahorcado nueve meses atrás. Fue ella quien le pidió, dos horas antes de ahorcarse, que no visitara esa casa nunca. Ella siempre se cuidó de que viviera alejado de ella, de su hermano y de su sobrina. “Cuando entremos en ella, terminaremos matándonos entre familia”, decía.
          Cuando pensó en ello, ya estaba en el primer escalón que subía a la galería, y su tío lo había reconocido. “Hoy es sábado”, dijo desde arriba. “Mañana es el día de misa”.
          No respondió. Pensó decirle que todos los días parecían domingos, pero no lo dijo.
          —Vine a pedirles naranjas —dijo, bajando el escalón que había subido. “Natacha dejó de peinarse”, pensó, sin verlo. “Ahora tío mirará los naranjos”.
          En ese momento, Ciriaco miraba los dedos de su hija, y le parecieron limpios; apartó sus manos de su cabeza, mirando las nubes azules, perdidas allá, junto al mar, y respondió sin mirarlo:
          —Es luna nueva —dijo—. Si se tumban ahora, las matas se secarán.
          No miró a su tío ni a su prima, y se fue sin decir nada. Y no pensó en su madre, hasta que llegó a la casa. Eran las ocho ya, y seguía el mismo calor, cuando sintió que la puerta se abrió de un solo golpe, como en el invierno pasado, cuando los pájaros cargados de flores rompieron las ventanas y entraron violentamente a la casa, anunciando la lluvia y la muerte de su madre. Era Natacha. Tenía un sombrero nuevo y un vestido blanco. Llevaba en las manos naranjas amarillas, envueltas cuidadosamente en una camisilla rota en la espalda y manchada de sudor de caballos, como llegaría casi cinco años después, con un niño de dos años envuelto en la misma camisilla.
          —Papá te envía estas naranjas —dijo sin mirarlo.
          El no las aceptó. Ni dijo nada. Desde entonces nació entre ambos un amor de tres años, sin palabras ni conversaciones románticas, sino de reproches, de rencores, de rabia. Por la madrugada, antes de amanecer, él llegaba primero a la orilla del río seco y jugaba con los pájaros, hasta que ella parecía desnuda por el camino, y así paseaban juntos hasta que amanecía. Pero un domingo despertó tarde y se encontró con la cabeza entre mariposas muertas, y comprendió que el amor silencioso de ambos había terminado, sin palabras como comenzó; porque ella no volverla más, y se había llevado con ella los pájaros. Y así fue.
          En la mañana no hizo nada. Solo en la tarde fue a Vedruña por un poco de naranjas. “Si no fuera por la casa”, pensó, “podría quedarme allá”. Pero cuando llegó a la primera calle y vio la acumulación de tierra y la cruz en la parte frontal del exterior del cementerio, donde el follaje crecía libremente, supo que nunca en su vida viviría allí, porque siempre soñaría con su madre, mientras pasean con jaulas en las manos por los campos. “La casa es lo único que me ha dejado mi hermano”, le decía. “Ese demonio no descansará hasta quedarse con lo único que nos queda”.
          En la casa de su tío empezaba ya la pelea de la que le había hablado su madre, dos días antes de ir al pueblo a preparar todo lo relacionado con su muerte y su entierro.
          En la mañana, Ciriaco le iba a decir adiós a su hija, desde el camino, cuando ésta le llamó. “Me pedirá que recuerde su regalo”, pensó. Cada mañana iba a la ciudad y le traía una muñeca gigante, de pelo rubio y de ojos azules.
          —Si te lo pidiera, ¿me traerías algo, papá? —preguntó.
          —Te traeré tu regalo —dijo—. Nunca me olvidaría de él.
          —No, papá —cortó—. Ya mi cuarto está lleno de muñecas... Tráeme hilos de bordar y retazos de ropa fresca.
          “Se está poniendo loca”, pensó Ciriaco, sin asustarse. “Así comenzó su madre”.
          Cinco horas después, cuando Aniceto llegaba a Vedruña, estaba estallando la noticia en las barras y en las peluquerías. Natacha se había peleado con su padre y éste le había dado dos puñetazos en el rostro, tirándola al suelo, insultándola y preguntándole si era verdad que se había entendido alguna vez con el infeliz de su sobrino. “Si esto fuera cierto, te mataría. Te mataría como a la bestia que eres”, dicen que le dijo. Pero nadie lo creyó. Tampoco cuando se dijo que Natacha no le hablaba a su padre. Aún cuando los pocos que quedaban vivos contemplaban que los árboles frondosos de naranjas se iban secando hasta quedar reducidos a troncos podridos, quisieron creerlo. Ni aún cuando el domingo, antes de ir a misa, todos vieron con sus propios ojos la cría de caballos blancos, inmóviles y acumulados a todo lo largo del río seco, con los muslos, los ojos y las lenguas comidos por los gusanos.
          Tardaron dos años más en llover. Llovió al final de diciembre, cuando el calor era una costumbre y los pájaros empezaban a multiplicarse. Esa noche, dos horas antes de la primera lluvia, Aniceto le puso la tranca a la puerta. Sintió que las medias se le fueron poniendo pesadas en los pies y pensó dormir en el suelo. “Resulta mejor”, se dijo. “Ahora sí... Ya volvió el invierno”, y se lanzó al suelo. Soñó que iba en un barco de cargas y que llovía sin cesar. Estaba en la cama, en una habitación estrecha, y el agua chorreaba por las paredes, mientras los pájaros volaban insistentemente para no mojarse las alas. “Tendré que levantarme de la cama”, pensó. Pero ya era tarde, porque algunos pájaros habían caído vencidos y trataban de subir por las paredes y por la cama. Cuando iba a levantarse, despertó, y la puerta se abrió violentamente y el cuerpo de Natacha rodó en medio de la casa, manchado de sangre. Tenía heridas por todo el cuerpo y estaba muerta. Llevaba a un niño con ella, envuelto en una camisilla rota en la espalda y manchada de sudor de caballos. Era blanco, de cuerpo suave, y estaba inmóvil. En ese momento la ventana se rompió y los pájaros cargados de flores invadieron la casa.
          Se acercó a la ventana, y no quiso mirar a ningún lado, porque su madre le había hablado de esto cuando era apenas un niño. En el suelo, casi debajo de la ventana, estaba el cuerpo de su tío, con la lengua y los ojos comidos por los gusanos, con dos paquetes de cartas en las manos. “Son cartas de amor”, pensó. Entonces recordó a su madre. “Siempre quiso casarse con mamá”, dijo, apoyado en la ventana. “Aunque ella prefirió ahorcarse... Y entonces decidió acostarse con su hija”. Miró el cuerpo destruido de su tío, y vio el enjambre de gusanos que empezaba a subir por la pared, y pensó que en dos o tres minutos, toda la casa estaría llena de esos gusanos que se movían en la oscuridad como si estuvieran bailando.


Revista ¡Ahora!, No. 1013, 25 de abril de 1983, pp. 38-39



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