Una realidad desastrosa:
«La Invasión» de Ricardo Piglia
I
Ramón Paredes
Si algo puede reprochársele,
sacarle en cara —todavía— al boom de la novela latinoamericana
(que promovió autores como Maria Vargas Llosa del Perú, Julio Cortázar
de Argentina y Gabriel García Márquez de Colombia) fue que agudizó la
marginación del escritor “neutral” por editoriales reconocidas. II
La Invasión de Ricardo Piglia La Invasón es una
colección de cuentos a veces dispareja: denuncia a veces al narrador
de primeros cuentos. Ricardo Piglia, en efecto, tenía sólo 26 años
cuando publicó el libro, y los cuentos que lo integran datan de
mucho antes.
“Estoy seguro que él nunca lo dijo: ‘Tenés que acostarte con
Ordóñez’. Quiero decir: nunca se lo dijo así, brutalmente. Fue más
bien una maniobra por control remoto que al final se le escapó de
las manos. Una especie de bumerang: lo tiras como sin ganas y por
casualidad para un lado y si no te agachás te corta la cabeza. Y en
“Las actas del juicio”: “Lo
que ustedes no saben es que ya estaba muerto desde antes. Por eso yo
quiero contar desde el principio. Para que no se piense que ando
arrepentido de lo que hice. Que una cosa es la tristeza y otra el
arrepentimiento. Y lo hice ya estaba hecho y no fue más que un
favor, algo que sólo se hace para aliviar. Algo que no le importa a
nadie. Ni al General. Aunque,
como indicamos antes, La invasión es, a pesar de todo, un
libro disparejo, la verdad es que el autor posee un lúcido dominio
del diálogo: “...
Y estoy segura que hubiera terminado todo sino fuera por aquella
tarde en la Facultad cuando él me oreguntó:‘¿Lo conoces?’ ¿A quién?,
le digo yo. ‘A ese que saludaste’. ‘¿A Germán?’ Sí, ¿por?’ ‘¿Sabés
lo que es?’ Y mira se seré estúpida que le contesté: ‘Claro, es
abogado’”. O
utilizando aún la narración tradicional, estructurada a base de
diálogos:
“—German... —repitió, al rato. 28 de Julio
de 1983.
Es lo único reprochable —criticable si se quiere— porque no se puede
negar la validez del movimiento editorial-publicitario que difundió
obras definitivas en la literatura de habla hispana: Rayuela
de Julio Cortázar; Cien años de soledad de Gabriel García
Márquez; El obsceno pájaro de la noche de José Donoso.
Pero este movimiento, quiérase o no, centralizó la comercialización
del libro, y los escritores menos conocidos fueron marginados por las
mismas editoriales que se agruparon luego en torno al movimiento.
Así, el escritor más o menos “neutral”, escirbiría sólo para revistas,
para suplemntos literarios (a veces sin recibir ninguna compensación
monetaria), y publicaron luego sus obras en editoriales que no
sobrepasaban los límites de una ciudad, y —en muchas ocasiones— de sus
propios países.
Manuel Scorza (el autor de Redible por Rancas, Garabomno el
invisible y El Ginete insomne), en Perú, y José Luis González
y hasta quizás Emilio Díaz Valcárcer, aunque luego quisieron
promocionarlo, como intengrante del boom, con Figuraciones en
el mes de marzo— en Puerto Rico, y otros autores menos conocidos,
rompieron la “tradición” y “cruzaron la frontera”. Pero otros
escritores, tan buenos narradores como éstos, tuvieron menos suerte, y
se quedaron atrás, en el montón”: sus libros —en papel barato, mal
editados— quedaron arrumbados en librerías de barrios de pobres.
Estos autores terminaron quedándose solos, abandonados (destrozados si
se quiere), y cayeron en el alcohol, en las drogas; otros, terminaron en
el suicidio. Estos escritores estaban “marcados”: casi siempre no tenía
una línea política definida (comunista o socialista), y nadie (ni los
críticos “rebeldes” ni los “oficiales”) los tomaron en cuenta.
“En una ocasión”, cuenta el escritor Gustavo Sainz, autor de una
novela muy difundida, Compadre Lobo, organizé un curso en la
Universidad [de México] sobre los autores marginales, aquellos que nunca
publicaron en editoriales reconocidas o que escribían en revistas y
después se perdieron. Nos preguntamos qué pasó con ellos y encontramos
un número altísimo de alcohólicos, suicidas y un camino de miseria moral
y de dramas esptanosos. Por cada escritor que emerge y tiene éxito, hay
centenares que no llegan”.
Esta realidad (la del escritor latinoamericano comúm) es desastrosa.
Por ello, resulta a veces satisfactorio (porque uni los “descubre”) y
penoso (porque otros los olvidaron injustamente), encontrar
libros de primeras ediciones, de editoriales no muy reconcidas, que
producen un verdadero placer, porque (como apunta Sainz) se tiene la
satisfacción “de encontrar bueno al que nadie considera como tal”, al
que no muchos tomaron en cuenta.
Entre esas búsquedas, nos encontramos con el narrador Ricardo Piglia (1941) y
su libro de cuentos La Invasión, Editorial Jorge Alvarez, 1967.
Aunque este libro obtuvo una mención especial en el VII Concurso de
Casas de las Américas, otorgado por un jurado donde estaban Mario
Benedetti y Jesús Díaz, es tan desconcido en nuestros países, tanto
quizás como el autor.
El libro de 117 páginas está integrado por diez cuentos: “Tarde de
amor”, “La pared”, “Una luz que se iba” (primer premio en el concurso de
la revista Bibliograma, en 1963), “En el terraplén”, “La honda”,
“Mata Hari 55”, “Las actas del juicio”, “Mi amigo” (primer premio,
compartido, en el concurso organizado por la revista El escarabajo de
oro, en 1962), “La invasión” y “Tierna es la noche”.
Con algunas fallas técnicas, con algunos “abusos” (i.e. regionalismos)
en el uso del idioma, hay que reconocerlo, en este libro está la
presencia de un narrador de gran fuerza poética, y es realmente una
lástima que este escritor no cruzara la frontera a tiempo y entrara a
ese sindicato arbitriario llamado boom
latinoamericano.
27 de Julio de 1983.
Pero hay, en la estructura de cada texto, en la eficia y hasta
en el tratamiento temático, y en el lenguaje, que anuncian el poder
para narrar, el oído para el diálogo del entonces extraordinario
joven autor.
El libro está integrado de diez cuentos, pero no hay en ellos
una unidad temática ni estilística o estructural. Entre los textos,
hay contruídos a base de diálogos, en otros utiliza la ténica
periodística, y en tres (“Mi amigo”, “Mata Hari 55” y “Las actas del
juicio”), aplica algunas de las técnicas formales que pusieron de
moda los autores latinoamericanos de la época: monólogo interior,
saltos espacios-temporales.
Pero entre los diez textos del libro, hay dos donde el narrador
es ya realmente el perfecto contador de cuentos: “Matara Hari 55” y
“Las actas del juicio”.
En estos dos textos, Piglia abandona el tratamiento temático
personal: la homosexualidad (“Tarde de amor” y “La invasión”), de
enfrentamientos entre arte, artista y vida cotidiana (“Una luz que
se iba”), historias de infancia (“En el terraplen”, “La honda”), y
registra su soltura expresiva, su rigor interior, su ritmo lírico.
Ese ritmo lírico, esa fuerza expresiva, son visibles —también—
en los demás textos (aún cuando parecen no bien terminados), se
manifiestan en gran altura en “Mata Hari”:
“Vos tendrías que conocerla para darte cuenta: es del tipo de
las trágicas, de las apasionadas. Cuando elige un papel ya no para;
si es posible de mártir o puta o de enfermera en el Congo. Cualquier
cosa, pero con heroísmo, con ráfagas de ametralladora y heridos
tirados por el suelo...”
Porque para nosotros estaba muerto desde antes...”
“Entro con vos, dijo sonriendo, el pelo chorreado en la cara.
¿Cómo? Y se cruzó los dedos en los labios. ‘Sh, con vos para ver
cómo son.’ ‘Estás loca a ver si nos ve alguien’. ‘No hay nadie, no
ves que no hay nadie’”.
“—¿Qué?
“—Vos no me vas a creer...
“—¿Cómo?
“—Digo que no me vas a creer...”