El discurso narrativo
en «El túnel»
de
Ernesto Sábato
Ramón Paredes
(Contemporary Spanish
American Novel)
1.0 Introducción.
Si uno tuviera que simplificar el discurso narrativo, una de
las soluciones sería dividirlo entre aspecto formal (enunciado) y
aspecto actancial (enunciación). En efecto, como indica Marcelo Pagnini
[1], «los formalistas rusos en primer lugar y los estructuralistas
después» recurrieron a los «fecundos conceptos saussurianos de
sintagma
y paradigna [para explicar los principios fundamentales de la
narrativa]... En consequencia, la narrativa tiene un eje
sintagmático,
llamado propiamente espacio metonímico, que es horizontal en la
secuencia de las unidades narrativas relacionadas con un antes
y un después o, lo que es igual, con una causa y un efecto»
(pp. 101-102).
Así, el aspecto formal (enunciado) sería el antes o
ayer, y el aspecto actancial (enunciación) sería el después u
hoy.
El aspecto formal (enunciado), entonces, tendría que
dividirse entre significado (la historia: acción, personajes, espacio) y
significante (el relato: tiempo, visión, modo.[2] (Veáse figura #1 más
abajo.) [3]

Sin embargo, para este trabajo, en el significante, sólo
nos interesa el modo, la visión y el tiempo del relato. Es decir,
(a) las palabras que se cuentan, ¿cómo se cuentan (i.e., estilo
directo, indirecto o estilo contado)?; (b) ¿quién ve y quién cuenta
la historia?; y (c) ¿cómo están construídos los tiempos (velocidad y
duración) del relato?
1.1 Modo y visión en el discurso narrativo.
Fue Henry James[4], como muy bien indica Cesare Segre[5],
quien primero estableció el término point of view «as a
technical expression in literary criticism» (p. 16)[6]. Sin embargo,
a los críticos no les tomó mucho tiempo para reparar las
limitaciones en la teoría de James. Para empezar, el narrador
norteamericano, como escribe Oscar Tacca[7], no distinguía entre el
«desajuste» y la «incoherencia entre voz narradora y perpectiva».
Algunas veces, como escribe Segre, «persons and voices do not
coincide» (p. 17): la persona que cuenta no es la persona que ve.[8]

Así, con las llegadas del formalismo ruso (primero) y el
estructuralismo francés (después), se estableció una directa
distinción entre
visión
(la distancia del narrador con relación a lo que se cuenta) y modo
(cómo se cuenta: telling/contar–acciones; showing/mostrar–palabras)[9].
Son estas tres características del enunciado, entonces, que
nos interesan en El túnel (1948)[10], la novela del narrador
argentino Ernesto Sábato (1911).
Finalmente, el segundo aspecto: el aspecto actancial:
enunciación.

Sus dos funciones esenciales son: (a) es establecer una
distancia entre el texto (el libro impreso), el discurso (la novela
escrita), y la historia (lo que sucede); y (b) la posición del
narrador con relación a la historia y al discurso: si éste está en
la historia o diégesis, es un narrador diagético, pero si está
fuera, es un narrador extradiagético[11].
2.0 El túnel
1.0 Introducción.
A menudo de dice que la historia en El túnel se cuenta
subjectivamente, que la descripción del mundo exterior desaparece
totalmente. En El túnel, escribe Enrique Anderson Imbert[12],
«el mundo aparece visto desde los ojos de un 'yo' desligado, casi
pura subjectividad» (p. 268). En el relato confesional de Juan Pablo
Castel, escribe Ángela B. Dellepiane[13], «desaparece toda
descripción del mundo exterior o de los otros personajes... Es como
asomarnos a los ojos de alguien y a través de ellos ver el mundo»
(p. 33).La novela, añade, tiene «acción» y «ritmo cinematográfico»
(p. 58).
Sin embargo, todo esto, en nuestra opinión, es en parte
artificial.
2.2 El vocabulario del narrador diagético.
«Sábato», escribe Dellepiane, «usa un español escueto,
clásica y deliberadamente desnudo, debido principalemnte al temor
que siente, en esta primera novela, de dejarse llevar por su
propensión al desborde romántico y la frondosidad barroca» (pp.
92-93)
Pero Juan Pablo Castel–narrador está contando su
propia historia y, por lo tanto, la historia debería contarse con su
voz, no con la voz de Sábato–autor real [14].
Es esta, pues, una de las dificultades o contradiciones del
discurso narrativo en El túnel: continuamente la voz
narradora parece fracturarse en dos partes.
Así, Castel, a veces, parece bien educado, lector de libros
filosóficos, políticos y sociológicos: «supongo que el proceso», «no
hay memoria colectiva», «yo, por ejemplo, me caracterizo», «recuerdo
tantas calamidades, tantos rostros cínicos», «como la temerosa luz
que alumbra un sórdido museo de la vergüenza», «es una honesta y
profunda convicción», «¿Un individuo es pernicioso?» (p. 61).
Más tarde, Castel reflexiona: «Quizá lo parezca a un espíritu
superficial, pero no a quien está acosntumbrado a reflexionar sobre
los problemas humanos. Existen en la sociedad estratos
horizontales [las cursivas son de Castel], formados por las
personas de gustos semejantes, y en estos estratos los encuentros
casuales (?) [también de Castel] no son raros, sobre todo cuando la
causa de la estratificación es alguna característica de minorías»
(p. 72). También: «A partir de esa frase inicial yo construí durante
meses de reflexión... una serie interminable de variantes» (pp.
72-73).
Pero en el primer capítulo, Castel se manifiesta como una
persona con muy poca educación: «Aunque ni el diablo sabe», «la
frase... no indica que antes sucedieran menos cosas malas», «yo...
me caracterizo por recordar... los hechos malos», «malas acciones»,
«los criminales son gente más limpia» (p. 61)[15].
Si una de las cosas que define al individuo en el discurso
son las palabras, es imposible creer que la persona que habla de
«memoria colectiva», «estratos horizontales» e incluso «proceso» y
«estratificación», es la misma persona que, refiriéndose a los
vicios sociales, los llame «males» e incluso que use, en la misma
oración, «hechos malos» y «caracterización» y «preferentemente»
[16].
2.3 Personaje, Visión y credibilidad.
El túnel, quizás con razón, ha sido comparada a
L'Étranger (1942) de Albert Camus (1913-1960) y a La familia
de Pascual Duarte
(1944) de Camilo José Cela (1916-)[17].
La comparación, generalmente, se hace entre los tres
personajes (Patrice Meursault, Pascual Duarte y Juan Pablo Castel),
el tema (la muerte «forzada» por la circunstancia), la narración en
primera persona limitada, y el espacio del protagonista (cárcel,
hospital-cárcel).
Sin embargo, aunque es verdad que los tres personajes no son
creíble en sus historias [18], también es verdad que Juan Pablo
Castel, en más de una ocasión, no es plausible, como personaje.
«Aujourd'hui, maman est morte», comienza a contar Patrice en
L'Étranger
[19]. «Ou peut-être hier, je ne sais pas». La razón por la duda («je
ne sais pas») se explica en las siguientes oraciones: «J'ai reçu un
télégramme de l'asile: 'Mère décédée. Enterrement demain. Sentiments
distingués.' Cela ne veut rien dire. C'était peut-être hier» (p. 21)
[20].
Sábato decidió darle dudas similares a su narrador. Sin
embargo, no con los mismos resultados. «Como decía», comienza
diciendo Castel en el segundo capítulo, «me llamo Juan Pablo Castel»
(p. 62). (Es verdad: «Bastará decir que soy Juan Pablo Castel», ha
escrito a comienzos del primer capítulo [p. 61].) «Podrán
preguntarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no
sé si ya dije que voy a relatar mi crimen)...» (p. 62). No, no
es verdad: Castel no nos había dicho que iba a contar su crimen. Lo
más próximo está al final del primer capítulo: «No es de eso [la
historia del ex-pianista que es forzado a comerse una rata viva],
sin embargo, de lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si
hay ocasión, algo más sobre este asunto de la rata» (p. 62).
«La verdad», escribe Castel, «es que muchas veces había
pensado y planeado minuciosamente mi actitud en caso de encontrar [a
María]. Creo haber dicho que soy muy tímido...» (p. 66). Pero
no, no es verdad: lo más próximo [21] ha sido «yo vacilaba entre un
miedo invencible y un angustioso deseo de llamarla... Sin embargo,
cuando desapareció, me sentí irritado, infeliz, pensando que podría
no verla más, perdida entre los millones de habitantes anónimos de
Buenos Aires» (p. 65).
Lo desconcertante es que, de acuerdo a la historia, Castel
tiene una memoria fotográfica, y continuamente se fija en los más
mínimos detalles. El mismo Castel se lo dice a María Iribarne: «a mí
no se me engaña tan fácilmente. Me fijo mucho en los detalles» (p.
104). Más aún, esto puede verificarse en todas partes. Por ejemplo,
Castel recuerda que «[María] caminaba..., en forma resuelta, como
quien tiene que llegar a un lugar definido a una hora definida» (p.
66); el doctor Prato estaba «mirándome con esos ojos penetrantes»;
«pedí cerveza y miré el reloj: eran las tres y cuarto... A las seis
y minutos empezó a salir el personal. A las seis y media habían
salido casi todos... A las siete menos cuarto no salía vasi nadie...
A las siete todo había terminado» (pp. 80-81); «[María] me miró
con... una mirada extraña, fija, penetrante, parecía venir de
atrás...» (p. 83); «[María] se quedó un tiempo bastante largo sin
responder; por fin volvió la cara y su mirada se clavó en mí» (p.
87).
Sin embargo, Castel, por lo visto, no recuerda lo que
escribió probablemente un día y una página antes [22].
Esas no son, ay, las únicas digreciones del narrador: hay,
también, otras menores digreciones. «Desperté tratando de gritar y
me concontré de pie en medio del taller», recuerda. Entonces, pasa a
lo que ha soñado: «Había soñado esto: teníamos que ir...» (p. 121).
Cuando vuelve al curso de la narración, sin embargo, recuerda haber
escrito informaciones que no aparecen en la primera versión: «Como
dije, cuando desperté estaba en medio de la habitación, de pie,
bañado en un sudor frío» (p. 122).
«Cuando [la
rumana y yo] llegamos [al taller, la rumana] se puso a reír de un
cuadro que estaba sobre su caballete. (No sé si dije que, desde la
escena de la ventana, mi pintura se fue transformando
paulatinamente: era como si...)» (p. 151).
2.4 El tiempo de la historia.
Como escribe José Romera Castillo, en «Teoría y técnica del
análisis narrativo», «En toda narración existen dos temporalidades
en vinculación muy ligada: la del universo real representado y la
del universo ficticio del discurso que lo representa» (p. 144) [23].
Es decir, en toda obra narrativa, por un lado, está el tiempo del
relato; por el otro lado, el tiempo de las palabras.
Es necesario, sin embargo, dividir ese tiempo narrativo entre
velocidad u orden (como prefieren llamarlo Jean Pouillon [24] y
Romera Castillo) y duranción.
2.4.1 Velocidad.
La imposibilidad de paralelismo entre el tiempo que se cuenta
y el tiempo contado conduce a anacronías, las cuales pueden
ser retrospección
(relato se adelanta, cuenta cosas que no han sucedido) y
prospección (lo opuesto).
2.4.2 Duración.
La diferencia entre el tiempo de la acción narrativa y el
tiempo necesario para leer la acción, conduce a cuatro valores
temporales: resumen
(condesación), elipsis (historia sin relato) y pausa
(relato sin historia).
2.5 El tiempo de la historia según Castel.
Aunque la retrospección
y la prospección representan también un problema en el tiempo
narrativo de El Túnel, resumen, pausa y elipsis
representan los mayores problemas.
Esos problemas están relacionados o tienen que ver, sobre
todo, con consistencia, y se manifiestan de dos formas: como tres
niveles temporales totalmente artificiales y como omisiones poco
plausibles.
«Esperaba el ascensor», recuerda Castel. «No había nadie más.
Alguien más audaz que yo prounció desde mi interior esta pregunta
increíblemente estúpida: —¿Este es el edificio de la Compañía T.?
[...] (Más tarde, reflexionando sobre mi pregunta y sobre la
sencillez y tranquilidad con que [María Iribarne] me respondió,
llegué a la conclusión de que, al fin y al cabo,... la pregunta no
era tan irremediablemente estúpida como había pensando en los
primeros momentos» (p. 76).
A primera vista, se ven tres espacios temporales: (a) el
pasado cuando la acción tomó lugar–«esta pregunta incríblemente
estúpida»; (2) el pasado seguido a la acción–« más tarde,
reflexionando sobre mi pregunta»; y (3) el presente, cuando se
escribe las dos acciones pasadas. Sin embargo, estos espacios
temporales son totalmente artificiales: más que Castel (el narrador)
reflexionando sobre su pasado, las palabras parecen venir de Sábato
(autor real) que reflexiona sobre el pasado de Castel (el narrador).
Así, como el segundo espacio temporal siguió el primer espacio, en
realidad, en el subsconciente, Castel estaba supuesto a suprimer o
revocar el primer espacio. Es decir, en vez de recordar «esta
pregunta incríblemente estúpida», es probable que hubiese recordado
«esta pregunta que entonces me pareció incríblemente estúpida». Si
los espacios temporales se invirtiera, sin embargo —es decir, si
Castel hubiera reflexionado, en el tercer espacio temporal, que la
pregunta no era tan irrediablemente estúpida—, el juego temporal
hubiera sido mucho más efectivo.
Un problema semejante se presenta con las continuas omisiones
de Castel. Elipsis narrativo, como se sabe, es tan antiguo como como
la narración misma. Sin embargo, en El túnel, esas omisiones
no representan momentos, acciones o palabras poco importantes en la
historia, si no que a veces son extremadamente trascedentales. Los
dos mejores ejemplos son, quizás, el nombre y la dirección de María
Iribarne, y la primera vez que ella confieza a Castel que él «era la
primera persona que» ella había verdaderamente querido.
Sin embargo, nunca se sabe cuándo o cómo suceden estos
momentos.
«Y, en cierto modo, ¿no había encontrado a María al fin...?»
se questiona Castel (p. 84). Pero, ¿cuándo supo su nombre? ¿Es esto,
acaso, un nombramiento tardío (es decir, en ese momento en la plaza
San Martín, Castel no sabía su nombre; el nombre aparece como una
reflexión del Castel en el hospital)?
«Esa misma noche», recuerda, «...hablé [con María] por
teléfono. Me atendió una mujer; cuando le dije que quería hablar con
la señorita María Iribarne pareció vacilar un segundo, pero luego
dijo que iría a ver si estaba» (p. 88). Más tarde, esto será un
punto de discusión: por qué María usa nombre de soltera, por qué
señorita, quién decide que ella es una señorita (¿Castel o María?),
etc.
«Es curioso», concluye Castel, que María «no hubiera
averiguado mi dirección; yo, en cambio, conocía ya su dirección y su
teléfono. Vivía en la calle Posadas, casi en la esquina de Seaver»
(p. 92). ¿Cuándo lo averigua Castel? ¿Cómo: a través de un amigo, en
la guía telefónica?
«Pero ahora
que recuerdo», escribe Castel, la intuición de que Mimí había llegado
a último momento y que María no bajaba para no tener que soportar
las opiniones de Mimí y su primo, «no fue completamente irracional,
sino la consecuencia de unas palabras que me habí dicho el chofer
mientras íbamos a la estancia y en la que yo no puse al principio
ninguna atención; algo referente a una prima del señor que
acababa de llegar de Mar del Plata, para tomar el té» (p. 132). Aquí
hay una razón por qué la observación del cofer no había aparecido en
la historia: «yo no puse al principio ninguna atención». Pero,
cuando María le dice a Castel, en el puerto, que él es la primera
persona que ella había querido, ¿tampoco le puso importancia? ¿Cómo,
entonces, sólo aparece como una referencia?: «Te he preguntado si
ahora querés a Allende y me has dicho que sí. Me parece recordar que
en otra oportunidad, en el puerto, me dijiste que yo era la primera
persona que habías querido» (p. 114); «Por otro lado, hace algunos
días, en el puerto, me dijiste que yo era la primera persona a la
que habías querido verdaderamente» (p. 115). Lo más próximo a esta
declaración es, quizás, la conversación en la Recoleta («zona de
parques y plazas en la que se halla el cementerio que le da el
nombre», escribe Angel Leiva, p. 95, nota 18):
—Ah... entonces no me querés —dije con amargura.
Mientras el fósforo se apagaba vi, sin embargo, cómo me miraba
con ternura. Luego, ya en plena oscuridad, sentí que su mano
acariciaba mi cabeza. Me dijo suavemente:
—Claro que te quiero... [...] (pp. 103-104).
Es
evidente, entonces, que ese no fué la primera vez, porque (a) no
están en «el puerto», y (b) ella en ningún momento usa «primera
persona» o «verdaderamente».
Estas no son, sin embargo, las únicas (trastornadas)
omisiones que aparecen en El túnel.
Así, después de una de sus largas interrogaciones, María
Iribarne le confiesa a Castel que Richard, un pasado pretendiente,
se ha suicidado, que ella quemó sus cartas de amor, que nunca estuvo
enamorada de él, etc., María «quedó deprimida y no pude lograr una
palabra más acerca de Richard. Pero debo agregar que no era ese
hombre el que más me torturó, porque al fin y al cabo de él llegué a
saber bastante» (pp. 11-113). Es evidente que «al cabo» aquí no sólo
se refiere a ese momento (es decir, a la información que acaba de
sacar de María), si no a otro momento. Cuándo y qué fué lo que llegó
a conocer, sin embargo, es un misterio: Castel nunca lo dice.
Pero esto, todavía, no es tan relevante como lo que sigue:
«Las peores cosas de María», reflexiona Castel, «las imaginaba
precisamente con esas [personas desconocidas]. Me torturaba y aún
hoy me tortura una palabra que se escapó de sus labios en un momento
de placer físico» (p. 113). Lo que María Iribarne dijo, sin embargo,
es un misterio total: el lector nunca sabe lo que se le escapó a
María durante ese momento deplacer físico.
«María me había hablado, esa tarde», dice Castel, «de sus
debilidades... Yo le había relatado en mi carta una serie de cosas
despreciables (lo de mis borracheras y lo de las prostitutas [los
cuales aparecen en la historia]) y ella ahora [es decir, esa tarde]
me decía que me comprendía, que también ella no era solamente barcos
que parten y parques en el crepúsculo» (p. 141). Pero, ¿exactamente
cuándo dice María esto? Esa tarde, él recuerda que se sentaron
«sobre las rocas y durante mucho tiempo estuvimos en silencio,
oyendo el furioso batir de las olas abajo» (p. 137), entonces ella
dice las veces que soñó compartir con Castel esa mar, «después de un
tiempo», agrega «A veces me parece como si esta escena la hubiéramos
vivido siempre juntos. [...] Pero tuve miedo de equivocarme, como me
había equivocado una vez [...]» (p. 137), etc. Entonces: «Oí
fragmentos: 'Dios mío..., muchas cosas en esta eternidad que estamos
juntos..., cosas horribles..., no sólo somos este paisaje, sino
pequeños seres de carne y huesos, lleños de fealdad, de
insignificancia...'» (p. 138). Entonces, «De pronto oí otros
fragmentos de frases: hablaba de un primo, Juan o algo así; habló de
la infancia en el campo; me pareció oír algo de hechos 'tormentosos
y crueles', que habían pasado con otro primo» (p. 138). Pero ninguna
referencia a los «barcos que parten y parques en el crepúsculo».
«Después [Mimí] empezó a hablar de un quiromántico que había
conocido en Mar del Plata y de una señora vidente. Hunter hizo un
chiste y Mimí se enojó: —Te imaginarás que tiene que ser algo serio
—dijo—. El marido es profesor en la facultad de ingeniería» (p.
132). ¿Cuál es el chiste? Si este no era importante en la historia,
¿por qué incluye Castel la observación de Mimí, la cual tiene, uno
tiene que asumir, una directa conección con el chiste?
«Temblé ante la posibilidad de que se nos uniera Mimí. Pero
María la conocía más que yo, de modo que añadió en seguida algunas
palabras que impedían cualquier intento de entrometimiento:
—Volvemos pronto —dijo» (pp. 135-136). ¿Cuáles fueron las palabras?
¿No son aquí, acaso, más importante esas palabras que el «volvemos
pronto»? ¿Es esto, acaso, una indecisión del narrador (Castel) o del
autor real (Sábato)?
Finalmente, hay un párrafo que deja mucho que desear del
narrador diagético para recordar diálogos plausibles:
—Así es María —dijo [Allende], como pensando para sí—. Muchos
confunden sus impulsos con urgencias. María hace, efectivamente, con
rapidez, cosas que no cambian la situación. [...]
—Ahora, por ejemplo —prosiguió Allende—, [María] se levanta
temprano y me dice que se va a la estancia.
—¿A la estancia? —pregunté inconscientemente.
—Sí, a la estancia nuestra. Es decir, a la estancia de mi
abuelo. Pero ahora está en manos de mi primo Hunter. Supongo que lo
conoce.
Esta nueva revelación me llenó de zozobra y al mismo tiempo de
desprecio: ¿qué podría encontrar María en ese imbécil mujeriego y
cínico? [...]
—He oído hablar de él —dije, con amargura (p. 94).
Para empezar, el diálogo de Allende es totalmente
implausible («a la estancia nuestra», «mi primo Hunter»,
etc.). Pero el problema mayor se presenta con Castel: Por lo visto,
él sabe quién es Hunter (un poeta [25]), pero sólo lo llama «imbécil
mujeriego y cínico». Si la narración representara el estado mental
de Castel, como se nos quiere hacer creer a lo largo de la
narración, entonces es muy probable que Castel, con su memoria
fotográfica y su cerebro constantemente razonando, una vez escuchado
el nombre de Hunter, lo hubiera relacionado con algo muy específico,
que lo llevaría a deducir que es un «imbécil mujeriego y cínico».
Más aún, más tarde, esa etiqueta o califación parece totalmente
falsa, arbitraria e implausible: «En la estancia», cree Castel, «no
vivía, ordinariamente, nadie más que Hunter, que era solo (yo no
sabía si era soltero, viudo o divorciado, aunque creo que alguna vez
María me había dicho que estaba separado de su mujer; pero, en
fin, lo importante era que ese señor vivía solo en la estancia)» (p.
141). ¿Cómo sabía Castel que Hunter era «mujeriego», si ni siquiera
sabía su estado civil? ¿Cómo, cuando Allende menciona a Hunter y
María juntos, Castel no lo puede creer, sin embargo, «alguna vez»,
muy probablemente antes de Castel conocerlo en la estancia, María le
había hablado de él, y Castel ni siquiera recuerda el momento en la
historia? [26]
2.6 El tiempo poético de El túnel
Pero no todo el tiempo narrativo es desastroso en El túnel. Así, en dos o tres
ocasiones, Castel es totalmente convincente en su uso de la
velocidad del relato. Así, «Mientras volvía a mi casa profundamente
deprimido, trataba de pensar con claridad», reflexiona Castel, y
entra en detalles sobre lo que estaba pensando. Entonces, retorna a
donde había empezado: «Como dije, volví a casa en un estado de
profunda depresión», y retorna de nuevos a los detalles de esos
pensamientos. Finalmente, «LLegué a mi casa con una mezcla de
sentimientos» (pp. 81-82).
Ese mismo juego se presenta, otras vez, un poco más tarde:
«Los días siguientes
fueron agitados. En mi precipitación no había preguntado cuándo
volvería María de la estancia; el mismo día de mi visita
volví a hablar por teléfono para averiguarlo». «Esa misma noche
escribí una carta desespreda». «Como decía, pasé unos días muy
agitados».
2.7 El editor invisible.
Finalmente, otro problema que hace la historia menos
plausible es la perceptible presencia de un editor o autor
implícito. Así, es casi imposible que el narrador diagético, por
ejemplo, usaría dos ejemplos, separados temporalmente por meses
(desde la creación de Maternidad hasta la acción de escribir
las «memorias»).
«Que el mundo es horrible, es una verdad que no necesita
demostración», recuerda Castel, mientras escribe sus memorias.
«Bastaría un hecho para probarlo, en todo caso: en un campo de
concentración un ex pianista se quejó de hambre y entonces lo
obligaron a comerse una rata, pero viva./ No es eso, sin embargo, de
lo que quiero hablar ahora; ya diré más adelante, si hay ocasión,
algo más sobre este asunto de la rata» (p. 62).
Sin embargo, este ejemplo ya ha sido usado por Castel, meses
antes, cuando pintaba Maternidad:
«No sé», le dice Castel a María Iribarne, en la plaza de San Martín,
«todo esto tiene algo que ver con la humanidad en general,
¿comprende? Recuerdo que días antes de pintar [la pintura
Maternidad)
había leído que en un campo de concentración alguien pidió de comer y
lo obligaron a comerse una rata viva» (pp. 86-87).
No es ese, sin embargo, el único ejemplo; todavía hay más.
«De la vanidad no digo nada», reflexiona Castel, a comienzos
de sus memorias. «Creo que nadie está desprovisto de este notable
motor del Progreso Humano. Me hacen reír esos señores que salen con
la modestia de Einstein o gente por el estilo; respuesta: es
fácil ser modesto cuando se es célebre; quiero decir parecer
modesto» (p. 62; las cursivas son de Castel).
Esta referencia, por lo visto, está dirigida a Mimí y a las
demás gentes como ella:
«Mimí se indignó. Quiero decir, simuló que se indignaba.
—No digas tonterías —dijo—. [Las novelas policiales] son la
única clase de novela que puedo leer ahora. Te diré que me encantan.
Todo tan complicado y detectives
tan maravillosos que saben de todo: arte de la época de Ming,
grafología, teoría de Einstein...» (p. 129; las cursivas son de
Castel).
El
mayor problema, en nuestra opinión, es que, en el primer caso, por
ejemplo, la presencia de las ratas se justifica con relación al
cuadro: Castel leyó la noticia en el periódico e hizo una relación.
Pero, la segunda vez, esto ya es improbable: más que pensar en las
ratas o Einstein, por accidente, da la impressión que los dos
primeros capítulos fueron escrito después de haberse escrito la
historia; de ahí la relación. Porque, independientemente como una
lea la historia, es totalmente claro, que la intención de Castel es
hacer pensar el lector que las memorias se escriben tal como él las
recuerda (es decir, primero se escribe capítulo cinco, después
capítulo seis, etc.).
3.0 Conclusiones.
«La técnica empleada», escribe Ángela B. Dellepiane, «para
narrar [el] complejo proceso sicológico y mental del protagonista
que lo lleva al crimen es [...] en cierto modo, la de novela
policial con un cursus narrativus regresivo» (p. 34).
Sin embargo, también se podría argumentar que la técnica es
la de novela de misterio.
Por ejemplo, la misma Dellepiane escribe que «Dos nuevos
personajes han aparecido [en el capítulo XII]: Allende, el marido
ciego, y Hunter, el primo de María» (p. 46). La estructura básica de
El túnel, escribe Luis Wainerman [27], es «el incesto: María
pertenece a Hunter, su primo» (p. 137). La verdad es, sin embargo,
que Hunter es el primo de Allende, no de María: la estancia, dice
Allende, «está en manos de mi primo Hunter» (p. 94); « Hunter»,
reflexiona Castel, «tenía cierto parecido con Allende (creo haber
dicho ya que son primos)» (p. 124). [28]
Pero, ¿por qué la confución? Porque, aunque en el capítulo
primero Castel llama a María, María Iribarne, en el capítulo III, la
llama María Iribarne Hunter. Así, al lector se le presentan dos
posibilidades: (a) María estaba casada realmente con Hunter, y por
el momento estaban separados; o (b) Hunter es el primo Juan, con
quien pasaron «hechos 'tormentosos y crueles'», durante la infancia,
en el campo—es decir, Allende, Hunter y María son primos. [29]
Es este, entonces, el problema esencial de la historia: no
es, precisamente, una buena novela policial (hay, en la diégesis,
demasiados misterios que quedan sin resolver al final de la
historia); tampoco es un buen misterio, porque sólo hay vacío
(«holes») en la trama; y, de como novela sicológica, sólo tiene la
«neurosis del protagonista».
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Todorov.
stephens, doris y vázquez-bigi, a. m. «Lo
arquetípico en la teoría y creación novelística sabatiana», págs.
329-358, en Homenaje a Ernesto Sábato, editado por helmy f. giacoman. New York:
Las Americas Publishing Company, 1973, 406 pp.
tacca, óscar. La historia
literaria. Madrid: Editorial Gredos, 1968.
tomashevski, b. «Temática»,
págs. 199-233, en vv.aa.
Teoría de la literatura de los formalistas rusos. México: Siglo
XXI Editores, 3ª edición, 1978, 236 pp., preparado y presentado por
Tzvetan Todorov.
Notes
[1]
Pagnini, Marcello. Estructura literaria y método crítico.
Madrid: Ediciones Cátedra, 1982, 268 pp.
[2]Darío Villanueva, en El comentario de textos narrativos: la
novela (Gijón: Ediciones Júcar, 1989, 207 pp.), prefiere otros
términos. «La conversión de la historia en discurso mendiante una
estructura formal implica tres acciones», escribe. «la
modalización,
la temporalización y la espacialización» (p. 19). Sin
embargo, un sinúmero de críticos prefieren tiempo, visión y
modo.
Así, José Romera Castillo, en su artículo «Teoría y técnica del
análisis narrativo», págs. 111-152 (en vv.aa. Elementos para una
semiótica del texto artístico, Madrid: Ediciones Cátedra,
1980,278 pp.), habla de «tiempo» (p. 144) y «modos» (148). (Creemos,
sin embargo, que Castillo confunde el espacio de la historia con el
tiempo del relato. Por ejemplo, veáse su clasificación, en pp.
145-146: tiempo=orden, duración [=pausa, elipsis, escena, resumen] y
frecuencia [=relato singulativo, competitivo y iterativo].)
[3]Por supuesto, esta clasificación no explica, en su totalidad, la
complejidad del enunciado. Así. habría que dividir la acción
entre funciones y catálisis; las funciones, entre
casualidad and temporalidad. Habría que hacer lo mismo con
personajes (=signo: relación signo-signo—sintáxis; relación
signo-significado—semántica; relación signo-usuarios—pragmática) y
espacio (=físico, social, sicológico).
[4] James, Henry. The Art of the Novel. New York: Charles
Scribner's Sons, 1934.
[5] Segre, Cesare with the collaboration of Tomaso Kemeny, translated
from the Italian by John Meddemmen. Introduction to the Analaysis
of the Literary Text. Bloomington, Indiana: Indiana University
Press, 1988, 337 pp.
[6] La bibliografía sobre este problema es inmmensa. Sin embargo, los
trabajos más importantes, sino más innovadores, han sido los de
Tzvetan Todorov , en Poética (Buenos Aires: Editorial Losada,
1975), Lubbock, en The Craft of Fiction (New York: Viking,
1969) y Wayne C. Booth , en The Rhetoric of Fiction (Chicago:
The Unversity of Chicago Press, 1961).
[7] Tacca, Óscar. Las voces de la novela. Madrid: Editorial
Gredos, 1ª edición, 1973; 3ª edición corregida y aumentada, 1985,
182 pp.
[8] Los mejores ejemplos, quizás, son Las Ratas (1962; Madrid:
Ediciones Destino, 12ª edición, 1986) de Miguel Delibes (1920) y el
cuento «Se acabó la rabia» (en Montevideanos, 1959; México:
Editorial Nueva Imagen, 2ª edición, 1979, págs. 69-72). En el primer
caso, quien ve es el niño Nini; quien cuenta, un narrador
extradiagético que focaliza a través de Nini. En el segundo caso,
quien ve es Fido, el perro, y quien cuenta es un narrador
extradiagético. Es esto lo que ahora se clasifica como
focalización transferida.
[9] Sería tedioso intentar seguir la historia de los términos
visión
y modo. Pero quizás es imprecindible indicar que Genette fué el
primero, que sepamos, en usar mood (=asertivo, interrogativo,
optativo) como también focalización; Todorov, aunque no usó el
término, indicó tres tipos de visiones (N[arrador] > P[ersonaje], N
= P y N < P); y Booth, telling y showing.
Para una breve historia, veáse
C. Brooks y R. P.
Warren,
Understanding Fiction (New York: Rinehart, Holt, and Winston,
2ª edición, 1967), como también los libros de Villanueva, Tacca y
Segre.
[10] Sábato, Ernesto. El túnel. Madrid: Ediciones Cátedra, 15ª
edición, 1989, 165 pp.
[11] (1) a narrador is present as a character in the story
(homodiegetic)
and analyses its events from within (intradigetic); (2) a
narrator is present as a charcter in the story (homodiegetic)
and analyses its event from without (extradiegetic); (3) a
narradtor is absent as a character in the story (heterodiegetic)
and analyses its event from within (intradiegetic); (4) a
narrator is absent as a character in the story (heterodiegetic)
and analyses its events from without (extradiegetic). Segre, p.
17. Veáse, también, Gérald Genette, Figuras (Córdoba:
Editorial Nagelkop, 1970). Pero es nuestra opinión que el narrador
simplemente está dentro o está fuera de la historia. Así, no creemos
en las distinciones de Genette y Segre: no hay diferencia, en
nuestra opinión, entre Watson (en Sherlock Holmes) y Juan
Pable Castel, por ejemplo, porque ambos están dentro de la historia.
La única diferencia es que Watson cuenta la historia de Holmes y
Castel cuenta su propia historia.
[12] Anderson Imbert, Enrique. Historia de la literatura
hispanoamericana, tomo II: Época contemporánea. México:
Fondo de Cultura Económica, 5ª edición, 1987, 510 pp.
,br> [13] Dellepiane, Ángela B. Sábato: un análisis de su
narrativa.
Buenos Aires: Editorial Nova, 1970, 342 pp.
[14] Es claro, para nosotros, que un narrador diagético sin ninguna
educación e incluso que ni siquiera sabe escribir, no tiene que
contar su historia en un lenguage vulgar para ser plausible. Lo que
puede ser implausible es que ese narrador diagético use dos voces en
la misma narración. Es decir, que use un lenguage vulgar y culto al
mismo tiempo.
[15] Todo esto, por supuesto, no tendría importancia si estas palabras
o frases fueran argentinismos o regionalismo,
por ejemplo, porque manifestarían el espacio del narrador. Así,
mucama, cretinos, bledo, por ejemplo, no marcan un
distanciamiento entre la visión interna del narrador y el espacio de
la historia.
[16] Estamos totalmente de acuerdo con Tacca, Villanueva, Segre y
Genette que la historia, cuando está contada por un narrador
intradiegético (para usar el término de Genette) o diagético, puede
tener una variedad de tonos (sarcasmo, ironía, liricismo, etc.),
pero no puede tener una variedad de voces.
[17] El mejor extudio, en nuestra opinión, es el de M. I. Lichtblau,
«Interés estético en La familia de Pascual Duarte y El
túnel»,
en la revista Humanitas, VII (Nuevo León, México), 1966,
págs. 247-255. El otro estudio importante, auque sólo compara La
familia de Pascual Duarte y L'Étranger,
es de Jorge Urrutia, Cela: La familia de Pascual Duarte.
Madrid: SGEL, 1982, 156 pp.
[18] Es decir, las historias presentan sólo la visión limitada del
narrador, y éstos continuamente distorcionan y acomodan las acciones
a sus preceptos ideológicos. Veáse García Gómez, Jorge. «La
estructura imaginativa de Juan Pablo Castel», en la Revista
Hispánica Moderna, 3-4 (New York), 1967, págs. 232-240.
[19] Camus, Albert.L'Étranger. Edición de Germaine Brée y
Carlos Lynes, Jr. New York: Appleton-Century-Crofts, 1955, 182 pp.
[20] La mejor traducción que conocemos es la Stuart Gilbert. The
Stranger. New York: Vintage Books, 1954, 154 pp. Su traducción:
«Mother died today. Or, maybe, yesterday; I can't be sure. The
telegram from the Home says: YOUR MOTHER PASSED AWAY. FUNERAL
TOMORROW. DEEP SYMPATHY. Which leaves the matter doubtful; it could
been yesterday» (p. 1).
[21] Si la historia estuviera contada como un monólogo y no como un
soliloquio, entonces podría pensarse que, más tarde, cuando Castel
escribe «Encadilado con la desagradable luz de la timidez, me
eché...» (p. 71) o cuando reflexiona «noté que mi decisión
disminuía, al mismo tiempo que mi habitual timidez crecía
tumultuosamente» (p. 79), sucedió primero que el acto de escribir
«creo haber dicho que soy mu tímido. Pero, lamentablemente, Castel
usa el soliloquio (es decir, está ordenado lógicamente), y no el
monólogo interior. Veáse, por ejemplo, el libro de Dellepiane, pp.
86-87.
[22] Por supuesto, en todo texto literario, continuamente hay donde
encontrar excusas. Por ejemplo,como Castel declara que «A pesar de
que mi memoria es sorprendente, tengo, de pronto, lagunas
inexplicables» (p. 88). Naturalmente, «tengo, de pronto» aquí
probablemente implica que las lagunas empiezan a ocurrir con María
Iribarne, cuando Castel está con ella.
[23] Es necesario, quizás, establecer que fueron los formalistas
rusos, como muy bien indica Romera Castillo, «los primeros que de
una manera explícita hicieron entrar dentro del ámbito de la teoría
literaria el espacio del tiempo, al considerar en sus
fundamentaciones teóricas las conexiones, oposiciones, paralelismos
o divergencias existentes entre el orden de los hechos que suceden
en la realidad (la
fábula) y el orden de los mismos expuestos en la creación
textual (el tema)» (p. 145). La traducición (fábula,
tema),
sin embargo, deja mucho que desear.
[24] Pouillon, Jean. Tiempo y novela. Buenos Aires: Editorial
Paidós, 1970.
[25] Por ejemplo, en su segundo juicio sobre la personalidad de
Hunter, Castel reflexiona, »¡Ella, María, podía reírse con
frivolidad, podía entregarse a ese cínico, a ese mujeriego, a ese
poeta falso y presuntuoso!» (p. 158).
[26] De hecho, la única referencia directa está en el interrogatorio
sobre la frase «cuando cierro la puerta saben que no deben
molestarme»: «esa frase», le dice Castel a María, «no podía
referirse a mí, puesto que era la primera vez que te hablaba.
Tampoco se podía referir a Hunter, puesto que lo podés ver cuantas
veces quieras en la estancia. Me parece evidente que debe de haber
otras personas que te hablan o que te hablaban» (p. 111).
[27] Wainerman, Luis. «Monadología y Gnosis», págs. 129-142, en
Homenaje a Ernesto Sábato, editado por Helmy F. Giacoman. New
York: Las Americas Publishing Company, 1973, 406 pp.
[28] En algunos países centro y sur-americanos, a un primo de la
esposa , el esposo lo llama también primo. Basado en las relaciones
establecidas en la novela, sin embargo, es perfectamente claro que
Hunter es primo de Allende. Hay, incluso, explicaciones por la
diferencia en el apellido (Hunter, Allende).
[29] Creemos tener la solución del misterio, pero este problema es
tema para otra investigación.
[*] Otros trabajos consultados que no se citan directamente en el
trabajo, pero que de una u otra manera ayudaron en su preparación.